El COVID-19 ha
trastocado nuestra cotidianidad. Centenas de miles de fallecidos, más de
cuatro millones de contaminados en casi dos centenas de países, sociedades
paralizadas, economías en quiebra, desempleo galopante, sistemas sanitarios
colapsados. Estos son los resultados nefastos más visibles de una pandemia inaudita de
escala planetaria con la que nadie contaba y para la que nada ni nadie parece
haber estado eventualmente preparado.
Muchas voces se
han alzado en diferentes partes del mundo para criticar la falta de previsión
de los gobiernos y los notorios problemas de coordinación y gestión de la
crisis en muchos países. Sin embargo, esa arrogancia tácita y muchas veces
desmedida que está en la base de las ineficacias de algunos gobiernos, y que con
justicia reprochamos, son las mismas que practicamos cotidianamente en nuestras
instituciones.
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Para bien o para
mal, sólo el tiempo nos dirá, el coronavirus también ha servido para desvelar y
airear las inoperancias escondidas en muchos sectores profesionales. En este
post sólo me referiré a la educación superior, que es el medio que conozco
mejor y en el que algunas viejas carencias han quedado al descubierto.
Repasemos sólo el tema de la educación a
distancia, que por obvia decantación ha estado en el centro del debate.
La imposibilidad
de continuar con las formaciones de forma presencial, obligó a las
universidades a reestructurar abruptamente los programas de estudio para pasar
a impartir docencia exclusivamente a través de plataformas virtuales. Los
esfuerzos realizados son notables, pero lamentablemente alrededor del 40% de
los estudiantes universitarios no han podido acceder a ningún tipo de formación
con posterioridad al brote de COVID-19. Son muchas las universidades que han
confrontado enormes dificultades para garantizar a sus estudiantes de grado y
postgrado el acceso a contenidos formativos. En la base de estas dificultades
un sinfín de carencias entre las que se encuentran insuficiencias de tipo infraestructural,
falta de cultura en el uso de las tecnologías de la información y las
comunicaciones, limitaciones en el acceso a internet y a plataformas efectivas de
aprendizaje en línea, insuficiente disponibilidad y adecuación de tecnologías o
insuficiencia de contenidos para uso y explotación a través de dispositivos
digitales.
Lo
contraproducente de esta situación es que el desarrollo de la educación a
distancia en sus diferentes modalidades (e-learning, b-learning, etc) debería ya
haber sido adoptado por un gran número de instituciones. ¿Cómo se puede
afrontar la enseñanza en la era de las tecnologías de la información con los
mismos preceptos que hemos utilizado por épocas? La introducción gradual de
nuevos modelos de enseñanza basados en las tecnologías ha sido ampliamente
recomendada por expertos y entidades especializadas en educación no sólo por el componente
disruptivo inherente a la era digital, sino también porque constituye una
plataforma alternativa que complementa la enseñanza presencial y que como valor
añadido puede contribuir a los objetivos estratégicos de inclusión y democratización de la
enseñanza. Consecuentemente, tendríamos que reconocer que muchas de las insuficiencias
que se constatan con la crisis del COVID-19 también son, de alguna forma, resultado
de la parálisis que aqueja a muchas instituciones universitarias.
Es obvio que
muchas universidades no pueden permitirse el sueño de una robusta formación en
línea para maximizar los beneficios de sus comunidades en la era digital. A ellas
les roba el sueño el subsistir en medio de constantes precariedades. Otras, en
cambio, con mejores condiciones, continúan ancladas al pasado porque
abrazar cambios disruptivos es una especie de tsunami que genera demasiadas
resistencias en el interior de las instituciones. La pasividad, la inacción, el
siempre se ha hecho así son bastiones de un arcaico status quo que sirven de
contención a la asimilación de nuevas ideas y formas de hacer, a la innovación
y experimentación en pro de servicios de una mayor y adecuada calidad.
Atributos estos que deberían distinguir siempre el ADN de la cultura
organizacional universitaria.
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Esta situación es
extrapolable a muchas otras áreas que demandarán en los próximos tiempos
bastante atención. Las comunidades universitarias llevan mucho tiempo abogando
por la internacionalización en casa,
pero pocas instituciones pueden presumir hoy día de disponer de estrategias de
internacionalización integrales. Por esta razón, la crisis del coronavirus se
ha convertido en una bomba de relojería para la salud de la
internacionalización universitaria, que no tiene a corto plazo respuestas
viables y efectivas para contrarrestar el impacto devastador que representará
la disminución drástica en el número de acciones de movilidad presencial que se
prevé para los próximos años en la época post-COVID.
Una situación
análoga es la de la asociación
estratégica universidad-empresa. La necesidad de articular respuestas
rápidas y eficientes a la pandemia nos ha dejado excelentes ejemplos de
colaboración entre la academia y el sector productivo. Sin embargo, lo
plausible de estas colaboraciones en condiciones de emergencia no nos debe
hacer perder de vista que en situaciones de normalidad la vinculación de la
academia con las empresas es deficitaria, esporádica y espontánea. Es muy
probable que en nuestra sosegada normalidad muchas de las colaboraciones para
responder a los efectos del COVID-19 no hubiesen tenido el más mínimo chance de
gestación.
Se nos vienen
tiempos difíciles, tiempos de economías en recesión, escasez de recursos,
limitaciones financieras. Las universidades sufrirán también los embates de la
crisis y la educación superior como la conocemos hoy se encuentra en una verdadera
encrucijada. La mejor respuesta para hacer frente a esta crisis deberá venir
del talento, el conocimiento y la creatividad. La sociedad contemporánea
precisará del compromiso y liderazgo de sus universidades y unidades de
investigación para encontrar soluciones para los ingentes problemas y desafíos
que nos esperan. Esa respuesta no podrá venir de instituciones rígidas que
continúen operando con modelos obsoletos. Se imponen profundas transformaciones
a nivel organizacional, se necesitará voluntad política, humildad y sentido común
para aprender y desaprender al mismo tiempo, para inocular espíritus más
innovadores, ágiles y disruptivos. Es imperativo revolucionar las dinámicas y
prácticas profesionales de directivos, académicos, investigadores y
administrativos.
La crisis del
coronavirus ha dejado evidencias de que un cambio de chip es posible. Esta
crisis puede y debe ser el detonante de un proceso de transformación que nos
devuelva una educación superior moderna, fresca, dinámica, innovadora y más
colaborativa. Ese proceso de supervivencia, readaptación y mejora debe comenzar
ahora, tal vez mañana cuando se regrese a la rutina de la normalidad puede que para
muchos sea ya demasiado tarde.
Muy valiente el artículo en un entorno tan tradicional y tan reacio al cambio qeu algunos sufrimos ya que nos gustaría ver, como bien dices, unas institcuiones en la vanguardia de la innovación
ResponderEliminarMuchs gracias!!